Más libros de mi gusto
Os dejo unas cuantas —esta vez solo tres— recomendaciones más.
Dune (El primer volumen)
Leí la primera novela de Dune, de F. Herbert, al poco de ver la película Dune, Part 1, de Dennis Villeneuve, que me encantó. O quizás poco antes de verla, no recuerdo.
La novela es monumental: narra la parte de la vida de Paul Atreides que va desde su salida del planeta Caladan hacia Arrakis, cuando el Emperador galáctico exige al Duque Leto Atreides —padre de Paul— que abandone su tierra y se vaya al lugar conocido como Dune (Duna). El apelativo se debe a que es un planeta considerado inhabitable, pues está cubierto en su mayor parte por arena y su clima es tremendamente árido.
Arrakis es, sin embargo, uno de los más importantes núcleos mineros de la Galaxia porque solo en él se encuentra la especia, una sustancia segregada por ciertos habitantes del planeta, que permite a los humanos, por sus propiedades psicoactivas, el viaje interestelar.
Para disfrutar de esta historia —atención: solo he leído el primero de los seis volúmenes de F. Herbert— es crucial aceptarla como una construcción ficticia, no simplemente “ciencia ficción”: el autor hace un uso muy libre del significado de la(s) religión(es), del desarrollo de la ciencia, del sentido de las profecías… Si el lector acepta estas premisas, el libro se sostiene bien. Los personajes son bastante arquetípicos pero no deja de ser una novela de aventuras clásica, con toques mesiánicos y sumergida en un ambiente de “ciencia ecológica” y de “tecnología futurista” interesante y original.
Me gustó mucho. Pero no he querido seguir con la serie de libros (de momento, la película Dune, Part 2 la he visto y me ha encantado). Para mí, esta primera entrega es autosuficiente. Los siguientes volúmenes, según parece, tienen temáticas cada vez más raras y no quiero estropear el buen sabor de boca que me dejó esta.
El narrador omnisciente cambia de tono con facilidad y naturalidad. Este verano la he releído.
One Day
Pedí a los Reyes hace unos años la novela One Day, de David Nicholls, tras leer una reseña positiva en una revista cultural que recibo por correo electrónico.
Cuenta la “vida” de dos personas —un hombre y una mujer— a ldktreinta años, en viñetas anuales tomadas el mismo día del año (el 15 de julio). Son treinta años: de 1988 a 2007. Estas viñetas provienen de cartas mutuas ó (me parece) entradas del diario de cada uno.
He de decir que la primera vez que la comencé a leer, la dejé porque me parecía que el tono general iba a ser demasiado “amoroso” —por usar una expresión cursi. Unos meses más tarde, decidí hincarle el diente en serio. Es cierto que las situaciones son, con alguna frecuencia, cercanas a lo sexual pero sin llegar a lo explícitamente desagradable, salvo quizás una o dos veces —esto lo menciono porque este tipo de situaciones no me gusta leerlas. También es verdad que, con frecuencia, las conversaciones y las situaciones son vulgares e incluso a veces chabacanas. Pero es la vida de dos personas “normales” en el Reino Unido: es fácil que lo que se ve sea cutre.
Curiosamente, terminó gustándome mucho más de lo que esperaba aunque mucho menos de lo que decía la reseña. Si algo consigue el autor es mostrar el crecimiento y decrecimiento social y moral de los dos protagonistas, y es sorprendente la naturalidad con que esos pares de “diapositivas” sincrónicos anuales, consiguen hilvanar dos vidas unidas y separadas, y tejen una historia coherente, entretenida e incluso quizás enriquecedora.
Sorprendente, por lo menos.
The Great Gatsby
Es, casi sin duda, la novela —novela corta— más conocida de F. Scott Fitzgerald. Me la trajeron este año los Reyes, también. Hace ya muchos años me trajeron This side of Paradise, otra muy conocida del mismo autor.
En esta breve narración, un “americano cualquiera” (¿periodista?) que encuentra casa en Long Island en los años veinte tras ser contratado en Nueva York, cuenta su relación y lo que va descubriendo de la vida de su vecino Gatsby. Lo primero que le llama la atención es lo numeroso y ostentoso de las fiestas que organiza en su casa. En un momento dado se ve invitado a entrar en una de ellas y se da cuenta de que su vecino es la estrella del vecindario, por así decir. Pero que hay cierto aire de misterio alrededor de él. Todos los invitados saben de Gatsby pero nadie sabe exactamente quién es, a qué se dedica y de dónde sacó el dinero.
El “tema” de la novela es el desentrañamiento del misterio de Gatsby una vez que el narrador termina conociéndole con admiración.
Cuando leí la solapa de “This side of Paradise” —confieso que esta no la he terminado—, el reseñador hablaba del Jazz, haciendo una comparación entre el modo narrativo de Scott Fitzgerald y ese estilo musical que nació sobre los años veinte en los Estados Unidos. Pese a que no entiendo el Jazz como música, leer The Great Gatsby me ha dejado cierto buen sabor de boca de ese tipo, y me ha gustado mucho. La historia no es especialmente atractiva ni los personajes son ejemplares ni pasa nada del otro mundo. Y sin embargo, el estilo, la gramática y el léxico son muy personales —de hecho, me recordaron a lo que he leído de This side of Paradise— y se hacen gustosos para una novela corta. Si fuera más larga, quizás no la hubiera terminado pero su brevedad la hace redonda.