La broma infinita

Los Reyes me trajeron este año La broma infinita, una novela “de culto” del escritor norteamericano David Foster Wallace. Como expliqué más o menos en mi casa cuando el resto de los habitantes vieron el regalo, es una de las novelas más “hip” y “cool” de las últimas décadas. También es uno de los superventas menos leídos del mundo: algo parecido —en este sentido— al Ulysses de Joyce (que aún no he leído pero quizás haga en un momento dado si los nueve planetas del sistema solar se alinean) o incluso “El jilguero”, de Donna Tart, que leí completo a petición de un amigo (y que es pura basura), o “Una historia del tiempo” de Stephen Hawking.

He terminado de leerlo el 15 de mayo. Lo pedí a los Reyes porque en los foros en que me muevo por Internet, es famosísimo y supuestamente importante: la obra magna de uno de los escritores más afamados del siglo en que nací, pese a su temprano suicidio (debido a la depresión: su viuda ha dejado bien claro que Wallace se ahorcó a causa de una enfermedad que ciega y que imposibilita ver la realidad como es; no se suicidó porque “decidiera dejar el mundo cuando a él le parecía”).

Hay trama pero no es una novela

No voy a tratar de definir “novela”.

De manera similar a, digamos, “Guerra y Paz”, o “Los Hermanos Karamázov”, o “Vida y Destino”, el libro posee varios centros de atención: por un lado, unos hermanos, los Incadenza, que son los tres hijos de un padre obsesivo, ya muerto en el tiempo de la narración, que trabajó en óptica, fundó una escuela de tenis de secundaria y luego hizo cine; la madre de ambos codirige la escuela, y el hijo mediano, Hal, estudia y entrena en ella; los residentes de dicha escuela; una pareja de espías/investigadores, uno estadounidense y otro canadiense (aunque los territorios han cambiado algo en esa época); los pacientes de una residencia para rehabilitación de toxicómanos, casi contigua a la escuela de tenis. Aunque la escuela, y mayormente Hal, son lo principal (de hecho, hay pasajes en “monólogo interior” de Hal), las partes dedicadas a la residencia de rehabilitación y sus habitantes ocupan casi tanto como los otros. Los espías tienen un papel especial, a modo de “historia paralela” que luego converge con las otras.

Pero el texto dista mucho de tener el valor de las grandes novelas rusas.

Hoy día es muy común la escritura desconectada, más “libre” y “personal” (supuestamente) que la narración coherente consecutiva. “La broma infinita” es un ejemplo quizás máximo de esta corriente. No solo es que los capítulos o incluso algunos párrafos pasen sin solución de continuidad de un tema a otro. Es que no hay, por parte del narrador, ningún esfuerzo por llegar a una conexión, ni intermedia ni final. Por supuesto, en una demostración máxima de esta libertad narrativa, la novela no termina: queda colgando. Es, así, una broma. Infinita: más de mil páginas. La novela realiza su propio título, así que es un texto puramente performativo (como las películas del padre del protagonista). Pero muy imperfecto.

¿Por qué?

El arte y lo espontáneo

Porque está claro que, si el autor ha repasado su escrito (y este es un gran condicional), lo ha hecho a vuelapluma. O tiene un gusto muy elemental.

Es uno de los daños de nuestro tiempo afirmar que lo espontáneo es más humano, más “personal”, más “libre”, más “honesto” (cuando quieren decir “honrado”)). En fin: lo espontáneo como “realización del alma libre del hombre”. Y así, por ejemplo, se expone en una galería de arte la obra “La imposibilidad física de la muerte en la mente de alguien vivo” ó “Madre e hijo” (divididos), por mostrar dos obras de uno de los artistas (¿?) más renombrados del momento. Se confunde lo informe con lo artístico y se olvida que lo propio del hombre es lo artificial: el hombre demuestra su capacidad no haciendo lo primero que le viene en gana, sino llevando hasta el final la integración entre su intelecto y su cuerpo. Vaya, con un David) o un fantasma, por decir. Escribir lo primero que a uno se le pasa por la cabeza no es necesariamente artístico o habilidoso. Y esto lo hace Wallace muchas veces. Y se nota, y hace que la lectura se vuelva tediosa con frecuencia.

No voy a detenerme en las “notas” del libro porque forman parte tanto de la “broma”, como de la falta de “control de calidad” del escrito. Aparte de que son un caso más del tipo de ideas que a todo el mundo con una formación universitaria y un humor determinado, se le ocurre hacer. Pero que no enriquecen la obra (y, al menos yo, supongo que una obra de arte es un producto “lo más rico posible” dentro de los límites del autor).

David Foster Wallace sabe escribir. Lo demuestra con creces, tanto por su cuidada (hasta la compulsión) gramática como por los numerosos pasajes cautivadores que posee la novela. Sin embargo.

Detalles de falta de calidad

Hay largos pasajes (cercanos al monólogo interior o discursos de algún personaje) inacabables y aburridos, en que no se muestra más que un largo tedio narrativo que parece que ha de llenarse como se pueda; son pasajes en que claramente el escritor quiere probar que sabe “mostrar la realidad tal cual es”. Y sobran. Ser capaz de expresar por escrito el lío mental de un drogadicto o de un alcohólico o de un obseso en un párrafo de varias páginas que contienen una sola “frase” es, desde luego, una proeza. Pero también es una proeza levantar una piedra de 320kg y nadie lo considera arte.

Muchos pasajes serían más creíbles e interesantes si el autor no abusara de lo estrambótico. Y si tuviera más ganas de interesar al lector que de escribir como se habla. Al fin y al cabo, el arte pretende encontrar una manera de transmitir la realidad trascendiéndola: por eso, v.gr.,la pornografía es difícilmente artística porque difícilmente se separa de lo que muestra. Lo realmente artístico es conseguir transmitir un concepto sin utilizar su referente. Eso es lo que hace Dostoyevski en los Karamázov, o Tolstoi en “Guerra y Paz”, o Grossman en “Vida y Destino”.

Conjugar el verbo “joder” como narrador simplemente choca (no en el sentido de que “sea extraño”, sino que “choca” como un coche contra un muro: y esto siempre es peligroso).

Ahora, que si el objetivo del escritor es chocar, entonces él mismo. Pero chocar no es algo artificial: chocar es lo que hace una piedra con el suelo o un mono cuando se le rompe la rama: muy sencillo. Espontáneo pero no propiamente humano.

Termino preguntándome… ¿alguien se acuerda de lo que es la elipsis? Porque David no. No hace falta incluir pornografía suave en varios capítulos de la novela. No: ni enriquece ni agrada ni demuestra nada. Es simplemente, fácil. Por mucho que sea real.

Y sin embargo, David sabe escribir; no cabe ninguna duda. Hay párrafos extraordinarios en este texto. Y hay un gran —enorme— dominio del lenguaje (la he leído en inglés), de la gramática y del léxico (aquí con frecuencia se le va la mano hasta la pedantería, pero esto es parte de la “broma”). Debería haberse prodigado más en la novela corta, antes de producir este mamotreto; habría aprendido un montón y adquirido hábitos aun mejores de los que demuestra.

En fin, una pena de broma para alguien tan capaz. Le faltó un guía.

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