Más corrección política

A continuación un artículo de “The New Criterion”

Farenheit 451 actualizado

¿Qué hizo que tardaran tanto? Es lo primero que nos preguntamos cuando oímos las últimas noticias sobre la distinguida profesora de Derecho de la Universidad de Pennsylvania, Amy Wax. El pasado verano [n.t. por el del 2017], la Profesora Wax creó una perturbación menor en la fuerza del grupo de pensamiento de la corrección política cuando coautoró un artículo de opinión en el Filadelfia Inquirer titulado “Pagar el precio de desmontar la cultura burguesa del país”.

¿Cómo? ¿una profesora de Universidad arguyendo a favor de los valores “burgueses”? Mirabile dictu, sí. La profesora Wax y su co-autor, el profesor Larry Alexander de la Universidad de San Diego, argüían no solo que los valores “burgueses” que reinaban en la sociedad americana de los años cincuenta fueron beneficiosos para la sociedad en su conjunto, sino que además fueron aliados poderosos para los individuos desaventajados que buscaban mejorar económica y socialmente. “Cásate antes de tener hijos y esfuérzate en seguir casado por su bien”, aconsejaban los profesores Wax y Alexander.

Recibe la educación que necesitas para un empleo lucrativo, trabaja duro y evita la desocupación. Haz un esfuerzo adicional por tu empleador o por tu cliente. Sé patriota y estate dispuesto a servir a tu país. Se un buen vecino, ten conciencia cívica y sé caritativo. Evita el lenguaje vulgar en público. Sé respetuoso con la autoridad. Huye del abuso de sustancias y el crimen.

Avisos tan poco atractivos produjeron irritación, por supuesto. Imagínense decirle al profesorado que sea patriótico, que trabaje duro, que tenga conciencia cívica o sea caritativo. Quelle horreur!

Wax y Alexander fueron condenados por doquier por sus colegas universitarios. Treinta y tres de los profesores de Derecho colegas de Wax firmaron una “Carta Abierta” condenando el artículo. “Rechazamos categóricamente las afirmaciones de Wax”, tronaron.

Lo que encontraron especialmente ofensivo fue la observación de Wax y Alexander de que “No todas las culturas son iguales”. Ese sonido siseante que se oye es la fuerte inhalación que produce expresar dicho sentimiento. El perjuicio está agravado por una afirmación posterior de Wax en una entrevista, en la que dice que “Todo el mundo quiere ir a países gobernados por europeos blancos” porque “las normas culturales Anglo-protestantes son superiores.”

¿Pueden creérselo? La profesora Wax ha tenido realmente la temeridad de expresar esta verdad sencilla, irrefutable, impolítica. Todo el mundo sabe que las cosas son así. Como William Henry argüía en los noventa en su injustamente olvidado libro “En defensa del elitismo”, “el hecho sencillo es que algunas personas son mejores que otras -más inteligentes, más trabajadoras, más cultivadas, más productivas, más difíciles de reemplazar”. Más aún, continuaba Henry, “algunas ideas son mejores que otras, algunos valores más perdurables, algunas obras de arte más universales”. Y se sigue, concluía, que “algunas culturas, aunque no nos atrevamos a decirlo, han conseguido más que otras y por tanto más dignas de estudio. Cada esquina de la raza humana tiene algo que contribuir. Esto no significa que todas las contribuciones sean iguales… Es apenas lo mismo poner un hombre en la luna que un hueso en tu nariz”.

Cierto, demasiado cierto. Pero en una sociedad pusilánime aterrorizada de su propia sombra, una cosa es conocer la verdad y otra muy distinta expresarla en público.

Por su parte, Theodor Ruger, el Decano de la Escuela de Derecho de la Universidad de Pennsylvania, intentó nadar sin mojar la ropa. En esta ocasión no castigó a la Profesora Wax ni intentó revocar su titularidad. Pero se apresuró a desacreditar sus observaciones como “conflictivas, incluso nocivas”, y a “manifestar mi propia visión personal de que como académico y educador rechazo enfáticamente cualquier afirmación de que una sola tradición cultural es mejor que todas las demás”.

Qué valiente es Ted Ruger. Uriah Heep habría estado orgulloso [Uriah Heep es un personaje de David Copperfield famoso porque nunca deja de hablar de su “humildad”, n.t.]

Hubo otras eflorescencias de indignación dirigidas a los Profesores Wax y Alexander el otoño pasado. Pero como el metabolismo de la indignación y el victimismo es voraz y depredador, pronto se descubren frescos objetos de ataque. La atención se desvió de Amy Wax.

Hasta hace unas semanas, vaya. En un momento dado, en marzo, un patrullero de la justicia social se encontró un vídeo en Internet de una conversación entre Glenn Loury, un profesor de Economía de la Universidad de Brown, negro, contrario a la acción afirmativa, y la Profesora Wax. Titulada “La desventaja de la ascensión social”, la conversación, que fue publicada en septiembre, versaba sobre algunos de los temas que la Profesora Wax había tratado en su artículo de opinión para el Inquirer. Hacia el final de la entrevista, surgió en doloroso tema de las consecuencias no deseadas. La misma práctica de la acción afirmativa, indicaba el profesor Loury, conlleva que quienes se benefician de su dispensación estarán, en suma, menos cualificados que aquellos que no cumplen los requisitos para un tratamiento especial. Eso es lo que la práctica de la acción afirmativa significa: que gente menos cualificada recibirán un trato de preferencia sobre otras personas que están más cualificadas debido a consideraciones extrínsecas: raza, digamos, o sexo u origen étnico.

La profesora Wax convenía en ello e indicaba que una consecuencia de esto era que quienes eran admitidos a programas académicos gracias a la acción afirmativa, con frecuencia tenían problemas para competir. “No me parece que haya visto nunca un estudiante negro graduarse en el cuarto superior de la clase”, decía la profesora Wax, “y rara, raramente en la mitad superior”. La profesora Wax también observó que la Penn Law Review [una revista de Derecho de la Univ. de Pennsylvania, n.t.] tenía un mandato no hecho público de diversidad racial.

Oh, oh. Les llevó varios meses a los censores llegar a absorber este comentario. Pero el mes pasado finalmente lo hicieron y el resultado fue la histeria colectiva. Desde Ghana a Tokyo a Israel, estudiantes asociados con la Escuela de Derecho de la Univ. de Pennsylvania estuvieron intercambiando furiosamente emails, tweets y otros boletines de los medios sociales sobre Amy Wax. La Asociación de estudiantes de derecho negros de la universidad, cuyo presidente, Nick Hall, fue instrumental en publicitar el vídeo, entró en acción. ¿Qué —exigieron al Decano Ruger— iba a hacer sobre los ultrajantes comentarios de la profesora Wax?

En una palabra: capitular. Después, limpiarse. El Decano Ruger anunció que la profesora Wax tendría prohibido desde ese momento enseñar en cualquier curso obligatorio de primer año. “Es imperativo para mí como decano manifestar”, atronó, “que… hay estudiantes negros que se han graduado entre lo mejor de la clase en la Escuela de Derecho y que la Law Review no tiene un mandato de diversidad”. ¿Ofreció algún dato para probarlo? No. Quizás la escuela no lleva las cuentas. Pero el Decano Ruger quizás querría consultar un estudio publicado en la Revista de Derecho de Stanford en 2004 que mostraba que en las escuelas de Derecho más elitistas, el 52 por ciento de los estudiantes negros de primer año terminaban entre el 10 por ciento peor de la clase, comparado con el 6 por ciento de blancos. Solo el 8 por ciento de los estudiantes negros de primer año estaban en la mitad de arriba de la clase.

La falta de datos, sin embargo, no es impedimento para declarar la virtud superior de uno mientras a la vez se doblega a las fuerzas atavísticas de la corrección política. Amy Wax, entonó el Decano Ruger, “está protegida por la política de la Universidad de libre y abierta expresión y también por la libertad académica”. Sin embargo, será tratada como una personalidad tóxica, demasiado peligrosa para los tiernos brotes de la universidad que se embarcan en una carrera en el Derecho. “A la luz de las afirmaciones de la profesora Wax”, escribió el Decano Ruger en un email dirigido a todos, “los estudiantes negros de su clase… pueden cuestionarse razonablemente si su profesora ya ha llegado a una conclusión sobre su presencia, desempeño y potencial para el éxito en la escuela y después. Pueden cuestionarse legítimamente si las afirmaciones inexactas y denigrantes que ha hecho pueden afectar negativamente su entorno de aprendizaje y sus perspectivas de carrera… Más en general, esta dinámica puede afectar negativamente a la experiencia de clase de todos los estudiantes independientemente de su raza o antecedentes.”

Como Jason Richwine indicó en una columna para el National Review, la protesta del Decano Ruger es “casi Orwelliana en su desplazamiento de culpas”. Todos los problemas que menciona “son el resultado directo de las políticas de afirmación positiva de la Escuela de Derecho de Pennsylvania. Estas políticas generan un desequilibrio racial de habilidades en las clases de primer curso de Derecho y la profesora Wax simplemente ha expresado lo que todo observador racional ya sabe”. Además, la calificación de los estudiantes de primer año se hace a ciegas: los profesores no saben qué nota se le asigna a cada estudiante [usualmente porque los nombres están ocultos o cambiados por identificadores numéricos, n.t.].

Indudablemente, el Decano Rugers esperaba que mediante el sacrificio de Amy Wax, calmaría a la bestia de la corrección política. Nada más lejos. Como podría haberse predicho, su capitulación y su nauseabunda “te-odio-dos-minutos- muestra de grandiosidad políticamente correcta simplemente agudizó el apetito de los buscadores de ofensas raciales. El Decano Ruger castigó públicamente y, de hecho, degradó a Amy Wax. Pero eso no fue suficiente para Asa Khalif, un líder de "Black Lives Matter Pennsylvania”, que demanda que sea despedida directamente. Efectivamente, le dijo a The Philadelphia Tribune que la Universidad de Pennsylvania tenía una semana para obedecer. “Nada de lo que esta racista está haciendo es nuevo para alguien familiarizado con ella”, dijo Khalif. “Mucha gente ha sabido de ella durante años. No simplemente gente negra o mestiza, sino gente que no cree que sea capaz de calificar justamente o dar clase a gente que no tienen un aspecto como el suyo. Somos inquebrantables en nuestra exigencia de que sea despedida”.

A la vez que escribimos, el affaire Wax se va desarrollando. ¿Quién sabe hasta qué punto el Sr. Khalif y sus matones de “Black Lives Matter” pueden llegar? ¿Quién sabe qué éxtasis de envilecida condena pueden alcanzar el Decano Ruger u otros administradores de la universidad? Hay, sin embargo, una cosa clara. La verdad es bien dispensable en nuestros colleges y universidades. Cuando choca con los imperativos de la corrección política, la verdad pierde. Como los bomberos de la novela de Ray Bradbruy, Farenheit 451, la mayoría de los que pueblan los establecimientos de educación superior están ocupados destrozando las mismas cosas para cuyo aprecio y protección ellos, hace mucho tiempo, fueron entrenados.

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