Otras cartas de Hopkins

5 de junio de 1868, al Canónigo Henry Parry Liddon

(Canónigo anglicano en Oxford, más tarde sería canónigo de St. Paul’s en Londres y luego su canciller. Muy afín al movimiento de Oxford. Escribió una biografía de Pusey).

Querido Sr. Liddon:

Me apena mucho no haber podido verle cuando estuve, el otro día, en Oxford, pues me temo que posiblemente no nos veamos nunca más. Fui un buen número de veces pero siempre tenía puesto el mensaje de “no molestar”. Si le hubiera mandado una nota con tiempo, quizás me las podría haber arreglado para verle. Ahora debo despedirme por escrito.

Tras un viaje que espero hacer de unas semanas por Suiza, voy a entrar en el noviciado Jesuita en Roehampton: no creo que haya una expectativa tan brillante en el mundo.

Con mis mejores deseos, créame que soy siempre afectuosamente suyo,

Gerard M. Hopkins.

13 de junio de 1868, Al Rvdo. Edward William Urquhart

(Pastor anglicano, manifestó muchas dudas sobre su anglicanismo más o menos a la vez que Hopkins pero decidió permanecer en la Iglesia de Inglaterra).

(Extracto)

[…] Respecto al argumento que defiendes, creo que argumentar no es simplemente inútil sino que tiende a apoyar la manera de pensar de tu postura como si lo que está entre ti y la Iglesia Católica fuera un obstáculo intelectual y no moral. Si te digo la verdad, estás (tú) poniendo a prueba la paciencia de Dios y las cosas más terribles que nuestro Señor dijo iban dirigidas a algunos que, por lo que se podía ver, tenían más excusa que tú. Solo puedo calificar como desesperada la manera que tienes de escribir, particular tuya, hasta donde conozco, dentro de tu escuela, sea por ceguera o por ironía. Sé que llevando una vida moral, con los mandatos de la religión, y además siendo tú mismo un ministro de ellos, con trabajo que realizar y el interés de un movimiento catolicista apoyándote, lo más natural es decir que todas las cosas continúan como estaban y lo más difícil es darse cuenta del silencio y de la severidad de Dios, como el Dr. Newman ha dicho muy elocuente y persuasivamente en un pasaje de las Dificultades Anglicanas; pero este alegato o esta manera de pensar —que todas las cosas continúan como estaban— es la justa característica de la infidelidad. La diferencia entre un estado de gracia y uno de condenación, esa diferencia para la que las demás diferencias de la humanidad no valen un comino, no produce ningún cambio en el mundo exterior; las caras, las calles y la luz del sol siguen exactamente igual: de manera que es lo más peligroso y terrible. Y si Dios dice que sin fe es imposible agradarle y no excusará al mejor de los paganos con la mejor de las excusas por no poseerla, ¿que habrá que decir de la gente que sabiéndolo vive en una duda declarada acerca de si está en su iglesia o no? ¿Te será de algún consuelo en la muerte el no haber desesperado de la Iglesia Inglesa si, por no haber desesperado de ella estás fuera de la Iglesia Católica? —una contingencia que, por el mismo hecho de dudar, contemplas. ¿Te agradecerá Dios tu lealtad y te excusará por ella? Él pide obediencia por encima de todo lo demás. Haz media hora de meditación sobre la muerte y supón que has recibido lo que tú llamas el último sacramento: se te ocurrirá entonces —quizás esto no es un sacramento y si no lo es, es una burla hacia mí y hacia Dios; segundo, si lo es, quizás lo he recibido cismáticamente y he herido mi alma con el “instrumento de salvación”: este quizás que en un domingo ordinario solo genera un ligero apuro, será muy terrible en aquel momento. Además, si añades —¿pero Dios no permitirá este posible error pues no pude evitar estar engañado? podrás contestar —ciertamente que no: siempre supe que había una duda. Atrévete a pensar en esto fijamente incluso durante tres minutos si no vas a hacer la meditación más larga. Y sobre todo, di Domine, quid vis ut faciam? [Señor, ¿qué quieres que haga? (n.t.)]. Dilo y fuérzate a ti mismo a aceptarlo. Hasta que prefieras a Dios por encima del mundo y de ti mismo, no has dado el primer paso. Ya ves que no me disculpo por este lenguaje: es ahora, pienso, mi derecho y mi deber utilizarlo. En conclusión te ruego encarecidamente que digas Domine, quid vis ut faciam?* y, si quieres, que pidas la ayuda de nuestra Señora.

Créeme tu afectuoso amigo,

Gerard M. Hopkins.

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