Hacia una definición de Cultura

[Versión de los primeros párrafos de la introducción al libro de T.S. Eliot
Notes towards the Definition of Culture, 1948]

Mi propósito al escribir los capítulos siguientes no es, como podría parecer tras una inspección superficial del índice, delinear una filosofía social o política; ni es el propósito de este libro ser un mero vehículo para mis observaciones sobre unos cuantos asuntos variados. Mi objetivo es ayudar a definir una palabra, la palabra cultura.

Igual que una doctrina solo necesita ser definida tras la aparición de una herejía, una palabra no necesita recibir atención hasta que ha comenzado a utilizarse mal. He observado con creciente ansiedad la carrera de esta palabra cultura durante los seis o siete pasados años. Podemos encontrar natural, y significativo, que durante un periodo de destrucción inigualado, esta palabra haya llegado a tener un papel importante en el vocabulario periodístico. Su importancia se multiplica, por supuesto, por la palabra civilización. En este ensayo no he intentado determinar la frontera entre los significados de estas dos palabras: llegué a la conclusión de que cualquier intento de este tipo solo podría producir una distinción artificial, peculiar a este libro, que el lector tendría dificultad para retener y que, tras cerrar el volumen, abandonaría con un sensación de descanso. De hecho, frecuentemente usamos una de ella en un contexto en que la otra serviría igualmente; hay otros contextos en que una palabra encaja obviamente y la otra no; y no creo que esto deba causar incomodidad. Hay suficientes obstáculos inevitables en esta discusión para levantar otros inncecesarios.

En agosto de 1945 se publicó el texto de un borrador para la constitución de una “Organización Educativa, Científica y Cultural de las Naciones Unidas” (UNESCO). El propósito de esta organización se defínia en el Artículo I como sigue:

  1. Desarrollar y mantener el entendimiento y aprecio mutuos por la
    vida y cultura, las artes, las humanidades y las ciencias de los
    pueblos del mundo, como una base para la organización internacional
    eficaz y la paz mundial.
  1. Cooperar en la extensión y en la disponibilidad para todos los
    pueblos, en servicio de las necesidades humanas comunes, el
    cuerpo mundial completo de saber y cultura, y asegurar su
    contribución a la estabilidad económica, la seguridad política y el
    bienestar general de los pueblos del mundo.

No me preocupa ahora mismo extraer un significado de estas sentencias: solo las cito para llamar la atención sobre la palabra cultura y para sugerir que, antes de actuar conforme a tales resoluciones, deberíamos tratar de descubrir qué significa esta palabra. Es este uno de las innumerables casos que pueden citarse de utilización de una palabra que nadie se toma la molestia de examinar. En general, la palabra se utiliza de dos maneras: a modo de sinécdoque, cuando el hablante tienen en la mente una de las manifestaciones de la cultura —como el “arte”—; o, como en el pasaje citado, como una especie de estimulante —o anestésico— emocional.

Al comienzo del primer capítulo, he tratado de distinguir y relacionar los tres pimarios usos de la palabra: y defender que cuando usamos el término en uno de estos sentidos, deberíamos hacerlo siendo conscientes de los otros. Trato después de exponer la relación esencial entre cultura y religión, y de dejar claras las limitaciones de la palabra relación como expresión de esta “relación.” La primera aserción importante es que no ha aparecido ni se ha desarrollado ninguna cultura salvo junto a una religión: según el punto de vista del observador, la cultura aparecerá como un producto de la religión, o la religión como un producto de la cultura.

En los siguientes tres capítulos discuto lo que ma parecen tres condiciones importantes para la cultura. La primera de estas es la estructura orgánica (no simplemente planeada, sino en crecimiento), de modo tal que fomenta la transmisión hereditaria de la cultura dentro de una cultura: y esto requiere la persistencia de las clases sociales. La segunda es la necesidad de que una cultura ha de ser analizable, geográficamente, en culturas locales: esto conlleva el problema del “regionalismo.” La tercera es el balance de unidad y diversidad en la religión —esto es, la universalidad de la doctrina con la particularidad del culto y la devoción. El lector debe ser consciente de que no pretendo enumerar todas las condiciones necesarias para una cultura floreciente; discuto tres que han llamado mi atención especialmente. También debe recordar que lo que ofrezco no es un conjunto de directrices para fabricar una cultura. No digo que poniéndose a producir estas, u otras condiciones adicionales, podamos esperar confiadamente mejorar nuestra civilización. Solo digo que, hasta donde llegan mis observaciones, es improbable que haya una alta civilización donde estas condiciones están ausentes.

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