Antes de las vacaciones

Si Dios quiere, el próximo día 25 de julio, me marcharé de vacaciones y dejaré de escribir en este lugar durante una temporada, espero que sea más bien breve. Antes de la pausa, quería indicar unos cuantos asuntos, temas o noticias que —por diversos motivos— me han llamado la atención durante las últimas semanas y que espero sean objeto de al menos una reflexión cada uno.

Libros

Superficiales — Entre las lecturas de los meses pasados me ha sido especialmente ilustrativa la de un libro cuyo título inglés es “The Shallows” y que ha sido traducido como “Superficiales” al castellano. El autor es un conocido escritor americano de asuntos económicos, tecnológicos y culturales. La tesis de la obra —que comparto por la experiencia que tengo—, sostenida por una buena cantidad de estudios psicológicos, es que la lectura en Internet es radicalmente distinta de la lectura normal, y que las pequeñas interacciones necesarias para la primera hacen que sea muy deficiente como medio de adquisición de conocimientos. En resumen: que la lectura interactiva no es un sustituto de la lectura inmersiva y esto de manera intrínseca —por el modo de funcionar de nuestro cerebro, no por la falta de hábitos. Dejando de lado los primeros capítulos hipercientifistas y con tonos antirreligiosos —parece que no se puede hablar de tecnología sin atacar las creencias—, el libro está muy documentado y defiende sus ideas con argumentos razonables. Sirve al menos para hacerse preguntas adecuadas sobre el aprendizaje online y el abuso de la interactividad y las tan cacareadas nuevas tecnologías en la educación.

Gulag — Desde la adolescencia me ha interesado el terrible asunto de los campos de trabajo soviéticos, cuya organización terminó siendo denominada “Gulag”, una abreviación de su nombre. He leído y releído las obras de Solzhenitsin, por supuesto. El libro a que me refiero aquí es una investigación de una periodista americano-polaca, Anne Applebaum, que es además la esposa del ministro de exteriores polaco. Titulado Gulag, fue motivo de que recibiera el premio Pulitzer en la categoría de “no ficción” en 2004. Con un buen número de testimonios de antiguos convictos y habiendo estudiado los archivos soviéticos —los que están abiertos, pues hay aun muchos secretos—, hace una historia del sistema de represión soviético a civiles, comenzando por la situación histórica previa y terminando en la Perestroika de Gorbachov. Aunque a veces da la impresión de que quiere minimizar el valor de los terribles testimonios de los que sobrevivieron, no deja de mostrar los hechos en su terrible crudeza y sirve para tener una visión menos apasionada y más objetiva de lo que fue una de las más inhumanas cárceles de la historia. Una lectura a la vez dolorosa y satisfactoria. De rigor es la pregunta que ella se hace una y otra vez: ¿cómo es que teniendo tan buena y necesaria memoria del holocausto judío no la tenemos de este horror?

Eutanasia

Desde el viernes 18 de julio, en Inglaterra se está debatiendo —en la Cámara de los Lores— una propuesta de ley sobre suicidio asistido, que en realidad es una propuesta sobre eutanasia solicitada. Ha habido dos intervenciones en prensa previas al debate, una del antiguo arzobispo de Canterbury —líder de la Iglesia Anglicana—, George Carey, miembro de la Cámara, en la que se muestra decididamente a favor, por razones —cómo no— compasivas. Días después, aun antes de la reunión, el Nobel de la Paz Desmond Tutu —también obispo anglicano— se ha pronunciado a favor de la propuesta, por las mismas razones. Ambos hacen referencia en sus intervenciones al sufrimiento terrible de amigos —Carey al de una feligresa y Tutu al de Mandela. Tengo ganas de escribir sobre esto y tratar de expresar con propiedad mi postura y a qué se debe. Lo único que quiero decir hoy es: ¿por qué se considera más digno morir bajo los efectos de un barbitúrico que mediante nueve gramos de plomo en el cerebro? Ambos procedimientos son supuestamente indoloros. La respuesta no es tan obvia, me parece a mí.

La opacidad de la persona

Este es un problema que lleva rondándome la cabeza ya unos meses. El encabezado que he escrito no me satisface totalmente pero no he encontrado una expresión mejor todavía.

Uno de los enigmas cruciales de la filosofía es el conocimiento de la realidad: qué significa conocer y qué significa realidad y cómo puede darse tal conocimiento, si es que se da.

Pero hay un problema mayor. Si ya es difícil tener acceso intelectual a la realidad —tantas veces nos equivocamos y aprendemos que lo que pensábamos ser de una manera es de otra—, mucho más complejo es llegar a la interioridad de la persona. ¿Es posible realmente conocer al prójimo? Y, si es posible, ¿cómo puede llegarse a ello?

Caí en la cuenta de la dificultad de acceder al yo que no es el mío porque, sin proponérmelo, un día, se me ocurrió preguntarme “¿cómo puedo hacerme una idea de la manera que tienen quienes yo conozco de dirigirse a Dios?” Me di cuenta de que no tenía la más remota idea: ni siquiera podía imaginarme qué tipo de expresiones o con qué gestos o palabras lo pueden hacer. Y, siendo eso lo más íntimo de una persona, la conclusión es: solo si ellos me lo dicen, puedo llegar a conocerlo.

Como toda cuestión interesante, es evidente y a la vez definitiva: solo por la palabra puedo ser capaz de descubrir su interioridad. Solo la sinceridad —como naturalidad y veracidada— comunica la persona. Y, como consecuencia, solo en sinceridad —que implica conocimiento propio— puede darse la comunión.

¿No es esto un problema al que compensaría dedicar toda una vida? La opacidad de la persona y su superación por el lenguaje.

La guerra

Termino acordándome, como todos vosotros, del conflicto de Gaza y del terrible atentado de Ucrania. Y rogando por las víctimas de todas las guerras.

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